Nina Kraviz y lo de Coachella: un problema de contexto e identidad

Nina Kraviz volvió a estar en el ojo del huracán por una actuación, en esta ocasión la que realizó en Coachella y que nada tuvo que ver con su faceta de DJ. El revuelo ha surgido meses después con la publicación actuación completa, medios y muchos entusiastas de la música de baile la han machacado impunemente. Pero realmente ¿fue tan mala la actuación?

Realmente no fue una mala actuación, pero tampoco brillante

Nina Kraviz presentó un espectáculo de directo en el que no hacía de DJ, empecemos por ahí. Se trataba de una performance que combinaba música pregrabada con proyecciones visuales y a Kraviz bailando, recitando y cantando en una escenografía que venía a representar el salón de su casa (desconozco si es cierto, en cualquier caso “una casa”). El show aunque enmarcado en la música electrónica y con el techno como uno de los principales motores englobaba sabores de otros muchos géneros electrónicos. No fue especialmente largo, casi una hora, aunque a pesar de la corta duración Nina tuvo momentos en los que pecó de tediosa y monótona, ciertas partes hubieran plasmado igualmente la intencionalidad artística siendo más cortos y evitando la repetición, aunque no tengo claro si la artista pretendía intencionalmente causar esa sensación de manera intencionada. 

Claramente el espectáculo se apoyaba en el surrealismo, y como tal, el mensaje que se busca está fundamentado en las sensaciones que provoca al espectador de la obra. No se trata de cantarte una canción y que la letra apoyada en la música, y junto una interpretación magistral de ambos elementos, transmita un mensaje; no, no se trata de eso, se trata en una mayor parte en causar sensaciones por el conjunto de todo lo que ahí hay, música, sonido, iluminación, canto, movimiento, imágenes… todo ello combinado y observado por el espectador trata de moverlo a través de sensaciones. ¿Lo consigue la artista? En ciertos momento sí, en otros se queda en lo naif de manera no intencionada. En cualquier caso no deja de ser algo muy valiente y arriesgado por parte de la artista, en primer lugar porque creo que es de una elevada complejidad lograr que un espectáculo así salga redondo, especialmente sin experiencia previa en este terreno, y sobre todo dirigiéndolo a un público que realmente no sabe que ha ido a ver eso (aunque de eso hablaré más en profundidad después). 

Respecto a las capacidades de Nina Kraviz como vocalista, tan criticadas, debo decir que efectivamente Nina no es una gran cantante, ni en técnica ni en la capacidad vocal que le naturaleza le ha otorgado, pero seamos realistas: ni el canto es la pieza clave de este show, ni tampoco hace falta una destreza especial para lo que tenía que hacer. En su defensa debo decir también que en mi opinión muchos elementos vocales no estaban puestos ahí para ser cantado, si no más bien para ser recitados o proclamados. 

Como además no me gusta dármelas de listo individualista opinando (bueno, a veces sí), le pedí a un amigo experto en Historia del Arte y con un doctorado en Estética su opinión sobre el espectáculo. Mi amigo Carmelo Peciña, que además tiene una extensa relación con el mundo de la música (es bajista y ha trabajado para Universal realizando tareas de re-mastering con grabaciones antiguas) estuvo encantado con mi invitación a ver el espectáculo y darme una opinión, y mi me pareció una idea excelente porque él es bastante ajeno a la escena DJ y su opinión no estaría contaminada por muchos prejuicios que intoxican este sector profesional. 

A Carmelo no le iba a pedir que me escribiera un tratado, simplemente que me dijera lo que opina como cuando me expresa una opinión en nuestras largas charlas de teléfono sobre cualquier asunto del que nos da por hablar. Y fue contundente:

“Me ha encantado la traslación a lo teatral… la fotografía, el tempo… un poco exclusivito y Avant Garde de principios del 2000 y un poco pedante. Pero con muchos elementos visuales y sonoros bien integrados, o sea, lo que debería ser una de las metas posibles para un DJ con pretensiones, aunque no la única. Pero sí una de las más tentadoras. Hay quizá exceso de languidez y de slow, se hace un tanto largo por la monotonía, y una inmersión en un universo quizá no tan revelador. Aunque es un espectáculo de calidad”. 

 

El fallo estuvo en el contexto y la identidad

Pero si no estuvo tan mal, ¿qué pasó para que la machacaran tan brutalmente? En mi opinión falló en primer lugar el contexto. Nina Kraviz es una artista a la altura del festival de Coachella, pero su espectáculo no pintaba absolutamente nada ahí. Cierto es que en ese festival se han producido algunos de los descubrimientos escénicos más loables de los últimos años, a destacar el show “piramidal” de Daft Punk y su Alive, el “espacial” de Skrillex con su nave del EDM (este segundo influenciado por el primero, algo reconocido por el artista numerosas veces), pero esos eran shows totalmente mainstream, y a pesar de la multiculturalidad y el megamix de géneros, estilos y propuestas escénicas de ese festival, el avant garde y el surrealismo technoide de Nina Kraviz con pretensiones arribistas a las pseudo élites intelectuales, no pintaba absolutamente nada ahí. Ni tan siquiera encajonándolo fuera del escenario principal, en una de las carpas cerradas secundarias (ni la más grande de ellas era) se podía considerar apropiado para el festival. Más aún si la gente que acudió al espectáculo no tenía ni repajolera idea de lo que iba a ver, y tan sólo estaban allí porque esperaban ver a una Kraviz haciendo lo que suele hacer. Si no recuerdo mal, simplemente se comentó en algunos medios que presentaría un nuevo “espectáculo audiovisual”. Ese fue el primer error. 

El segundo error fue de identidad: Nina Kraviz no debería haber actuado bajo su propio nombre. Y no porque su nombre no sea respetable artísticamente, que lo és, si no porque bajo su nombre hasta el momento se engloba un determinado producto sonoro totalmente distinto a este, y tratar de vender con el mismo nombre algo totalmente diferente fue un terrible error. Cierto es que Nina no comenzó en todo esto como DJ, al igual que muchos artistas de música electrónica terminó siendo DJ y alcanzando la popularidad internacional bajo esa alternativa escénica, algo a lo que acceden muchos artistas de electrónica con tal de difundir su arte y su concepción de la misma (unos con excelentes resultados y otros con trayectoria desigual), pero sus tiempos de artista del underground moscovita ya pasaron a la historia. El nombre de Nina Kraviz vende sesiones de DJ de techno, y no sesudas performances. 

Quizá la cosa hubiera empezado con mejor pie si Nina hubiera optado por emplear un pseudónimo y hubiera comenzado a mover su show por pequeñas salas en certámenes enfocados a ese tipo de escenificaciones. Probablemente habría mostrado una mayor humildad (sí, es probable que el ego le pudiera y no dudara en usar su nombre para meter su show en un slot de festival de alto nivel) de esta forma y los medios cuando hubieran descubierto que Nina había estado moviendo de forma anónima este tipo de actuación en el sector adecuado habría sido mucho más benevolente. 

Respecto a las críticas de DJs puristas ofendidos (y talibanes hasta dar grima) que la tachan de mamarracha y de no tener ni idea de pinchar (y eso que esta vez no pinchaba) no diré absolutamente nada, porque me parece que tienen tanta relevancia como los ladridos de los perros que aparecen cuando paseas por una zona residencial y te acercas demasiado a la valla de su amo. Se los lleva el tiempo y la distancia. 

 

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