Vecinos y otros entes sonoros

Los que nos dedicamos al ruidismo doméstico en formas más o menos musicales nos hemos enfrentado siempre a una estigmatización constante: la de nuestros vecinos. Basta con ser observado portando un instrumento musical, un altavoz, o cualquier aparataje sonoro reconocible por el común de los mortales para ser tachado como el causante de todos los males sonoros del edificio. Sin embargo, suelen ser esos que señalan con el dedo acusador a los creadores de arte, los que más alteran el estatus de la contaminación acústica.

Vaya por delante que el texto de hoy es quizá, dentro de lo personal que resulta lo que publico en este blog, todavía más personal aún. Y es que un servidor siempre se ha sentido atacado y hasta acosado por sus vecinos desde la adolescencia a causa de mi afición por las artes musicales; algo incluso maximizado por lo incongruente que resulta que una persona que te señala y te acusa de perturbar la paz con música –mejor o peor, de su gusto o de su tragedia–, demuestre una total despreocupación con respecto al ruido que procede de su propia vivienda cuando discute con su pareja, desplaza muebles o realiza obras.

Recuerdo con meridiana claridad cuando tras unos meses practicando con la guitarra española que heredé de mi padre decidí adquirir una guitarra eléctrica para disfrutar de verdad lo que estaba aprendiendo. Y es que el rock, por mucho que Raimundo Amador se ha empeñado en demostrar lo contrario, es menos rock si no viene de unas cuerdas de acero y no pasa por un amplificador que satura las alteraciones del campo electromagnético que provoca las oscilación de las cuerdas para dar lugar a ese crujido que recuerda al trueno cuando hace temblar el aire, el suelo y hasta tu pecho.

A pesar de ser muy escrupuloso con mis horarios de práctica, y jamás tocar más allá de las 10 de la noche, ni tampoco tocar justo después de comer para respetar la sagrada y exportable siesta española, mi vecino de arriba tenía ciertas costumbres de descanso que resultaban según él incompatibles por mi amor con rasgar las cuerdas. Este señor descendía por la escalera para pulsar insistentemente el timbre de mi casa cual discjockey pulsando el CUE para medir con exactitud el disparo de una canción al tempo. Recuerdo que al abrir la puerta siempre me miraba con desprecio y me preguntaba “¿Está tu padre?”, a lo que yo solía contestar “No, está trabajando” utilizando un tono muy trabajado que daba a entender un “no como usted” al final de mi respuesta. Seguía el asunto con “Es que quiero hablar con él”. Al no encontrarse mi progenitor en casa solía despedir a este hombre que se marchaba resoplando.

Finalmente un día le dije directamente “Si quiere dígame de lo que quiere hablar y se lo comento”, a lo que indignado el hombre me dijo lo que yo ya me suponía: “¡No puedo dormir la siesta con el ruido de esa guitarra!”. De manera totalmente pasiva-asertiva le expliqué que quien tocaba la guitarra era yo, y por tanto hablarlo con mi padre no tenía objeto alguno. Y que a fin de cuentas, mi ruido no era mucho más escandaloso que los gemidos y expresiones de placer que sus hijo y su hija, y sus respectivas parejas, emitían durante sus prácticas sexuales en los días que este señor y su esposa marchaban de viaje y otorgaban a sus hijos tiempo y una casa para disfrutar de los placeres de la vida en la juventud. Tampoco las vibraciones que desprendía su sistema de climatización mal montado en una obra ilegal de ampliación de su salón, y que hacían temblar todo el ventana de nuestro salón eran precisamente de agradecer. El dilema era claro, ¿acaso el sonido de la música rock era más contaminante, desestabilizante y perjudicial que los sonidos del placer carnal o del resultado de una obra ilegal? Tampoco pasé mucho más tiempo viviendo en aquel edificio para debatir intensamente con mi vecino, el cual ahora creo que ya no forma parte del mundo de los vivos. No obstante, como buen obseso por el trabajo, no me marché de aquella edificación sin antes dedicar a mi vecino un domingo por la tarde de grabación de maqueta con mi banda de rock. Aprovecho la ocasión para enviar desde aquí un profundo agradecimiento a mis padres por confiar en que dejar que su hijo hiciera semejantes barbaridades iba a servir para que mejorara como bohemio responsable. Mamá, papá, gracias, casi lo conseguís, soy un bohemio medio responsable al fin.

En la siguiente vivienda en la que residí con mis progenitores fueron constantes las obras de reforma de mis vecinos. Se trataba de un edificio de nueva construcción y era frecuente que todos y cada uno de los vecinos acomodara la distribución de la planta a su gusto, con los consecuentes primeros años de obras constantes en el edificio. Mis padres, más conformistas, dejaron la casa como estaba. La vida allí estaba plagada de golpes de martillo, taladros y exabruptos de albañiles atravesando las paredes día tras día, y yo me imaginaba que el resto de viviendas estaban plagados de ejército de albañiles con el aspecto de Manolo y Benito. A pesar de ello, y de en un momento dado tener un trabajo nocturno que me obligaba a dormir de día, siempre fui fiel a mi filosofía del “Vive y deja vivir”, y nunca emití una sola queja. Sin embargo no era esa la misma premisa vital de mis vecinos de arriba, los cuales se sintieron ofendidos cuando tras mucho ahorrar volví a montar en mi habitación un pequeño mini estudio, e incluso acondicioné un poco las paredes para poder hacer mis grabaciones de manera medio decente.

En cuanto me vieron con mis paneles de espuma piramidal subiendo por la escalera los rumores se dispararon: “El chaval del segundo monta follón”. La cosa quedó clara cuando efectivamente algún día me ponía a tocar y grabar, no a menos volumen por cierto al que otros simplemente audicionaban música. En esta ocasión sí hablaron los vecinos de arriba con mis padres y les pidieron que dada su condición de funcionarios y por el descanso que su duro trabajo les ocasionaba, hiciera el favor de no montar tanto escándalo. Pero todas las monedas tienen dos caras; estos funcionarios que tanto descanso necesitaban, salían frecuentemente de viaje los fines de semana olvidando un detalle en su hogar: desactivar los despertadores que empleaban durante la semana. Yo, que tenía que trabajar de noche como ya he explicado (incluidos los fines de semana), al llegar un sábado por la mañana para intentar descansar de trabajar un viernes por la noche, y reponerme para contraatacar en la noche del sábado, sencillamente pasaba cerca de hasta tres horas escuchando las alarmas de mis vecinos. Llegué a la conclusión de que los muy hijos de perra lo hacían con toda la intención.

Mi estatus en aquel edificio no mejoró cuando comenzaron mis actividades laborales de discjockey, y aunque no ponía mucha música de la que pinchaba en casa, verme entrar y salir con los trastos de matar me creó cierta fama de ruidoso, aparte de obviamente drogadicto, pendenciero, amigo de la mafia, y cualquier cosa negativa que se le pueda aplicar a una persona joven. ¿Por qué? Imagino que por el mismo motivo por el que los españoles ponemos etiquetas a todo: Porque sí.

Con todo, mi piel para estas cosas ya era de rinoceronte, con lo que me lo tomé con mucha calma. Bueno, por eso y porque ahorré para mi propia casa y lo único que hacía era contar los días que faltaban para que la terminaran y me dieran las llaves (lo que tiene comprar sobre plano). Cuando tuve por fin mi pisito, gracias a la generosidad de mi pareja, puede disponer de una de las habitaciones de la casa para instalar mis elementos sonoros con total tranquilidad. Bueno, “tranquilidad”, mejor dicho. Si en el anterior edificio hubo interés por parte de los vecinos en customizar sus viviendas, aquí hubo una especie de moda obsesiva por cambiarlo todo, hasta los cuartos de baño de sitio.

Durante largos años he visto (y escuchado) cómo mis vecinos reinterpretar las leyes de la arquitectura, y sintiéndose dioses de la creación contrataban a hordas de albañiles from hell a los que señalaban con el dedo partes de sus casa y daban instrucciones precisas: “eso fuera”, “eso pintado en azul”, “eso lo mueves ahí”, “allá quiero parquet, y aquí pladur”. Debían sentirse como Di Caprio en Origen creando nuevos mundos de la nada simplemente señalando con su dedo y pasando la VISA. Debía ser una sensación adictiva que se contaban unos a otros, en un suerte de trending topic de escalera. Yo por mi parte en aquella época usaba sobretodo auriculares por no molestar –a veces de bueno soy tonto, aunque tenga cara de cabronazo–, y procuraba no hacer mucho ruido cuando entraba y salía del edificio para ir a pinchar.

Pero a pesar de tragar con sus –ilegales– obras sin quejarme, cualquier ejecución sonora de música electrónica en el ambiente del edificio, era sistemáticamente culpa mía. Realmente era mi vecino de al lado, que era DJ retirado y ponía sus antiguos discos de mákina para recordar mejores y gloriosos tiempos. Tal cual. Lamentablemente al que veían entrar y salir con trastos era a mi, así que me gané yo la etiqueta de follonero. Pero a las obras hay que unir un nuevo fenómeno sonoro que no conocía, y es el de las discusiones de vecinos que, no tengo claro si es que no controlan el tono de voz, o es que necesitan decirlo todo así de alto por hacer partícipes al resto de la humanidad su dolor, quizá por aquello de que lo malo compartido es menos malo –mentira por cierto–.

En este campo he conocido todo tipo de discusiones distorsionantes. Por un lado tenemos las discusiones de parejas frustradas con la paternidad, que no han encontrado en tener hijos la recompensa y satisfacción que les prometían en muchos libros, anuncios de ropa,  la parroquia de la urbanización de pijos de las afueras, y que aparte de gritarse entre ellos a quien le toca cambiar el pañal o preparar el biberón, le echan en cara a gritos a su bebé lo cansados que están de la vida. Tenemos también a la vecina choni que cuenta a gritos para toda la finca lo mal que le quedó el potorro tras parir y que el cirujano le hiciera una versión del director de la Matanza de Texas en tan sagrada parte. Por supuesto tenemos al adolescente caracol, al que no escuchas de día, pero que de noche con sus gritos de frustración y sus amenazas de muerte a sus rivales al perder en su juego online favorito te recuerda que existe. A los vecinos borrachos que nunca son felices bebiendo y sólo se ponen para discutir. Los vecinos frustrados con la paternidad versión avanzada, con hijos ya mayores y totalmente traumatizados que desobedecen a gritos los gritos de sus padres.

Y en medio de todo eso estás tú, intentando no poner demasiado altos los altavoces, no sea que un poco de música les descoloque y les impida ser menos infelices. No sea que algo de alegría los saque de ese pozo de eterna amargura en el que viven generando ruido para poder expresar lo mal que se sienten, sin tolerar que el ruido de otro pueda estar por encima del suyo, no sea que en eso sean también los perdedores y se hundan más todavía.

Al final tu ruido es lo que te hace diferente a tus vecinos. Tu ruido no proviene del desamor, ni de la ansiedad, ni de la frustración, ni menos aún de la desidia. Viene de la creatividad, de la pasión, de la inquietud, en definitiva, de las cualidades más envidiables del ser humano. Y por eso siempre molestarás a los otros entes sonoros, porque ellos hacen ruido por ser infelices, y tú lo haces para hacer felices a todos.

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